Cuando era chico y encontraba en las revistas laberintos para resolver, solía hacer trampa y empezar por la salida. Supongo que pensaba “¿por qué hacer todos los intentos si sólo uno va a funcionar y puedo ver cuál es?”. Entonces “resolvía” el laberinto al revés.

Tal vez no comprendía la abstracción y no podía imaginar que ese laberinto era la representación de una realidad en la que sólo podemos ver las entradas porque el resto permanece oculto detrás de ellas. O quizás no quería enfrentarme con las trabas innecesariamente. El laberinto se me presentaba como resuelto antes de empezar. Veía solamente la salida. Resolverlo empezando por ahí era una solución de economía y simplicidad, que me sabía a trampa, pero que no podía evitar. A veces hacía un esfuerzo y jugaba a empezar por la entrada, sólo para ver qué se sentía.

Esa forma de resolución operó en mí de manera inesperada. Al descubrir la tercera dimensión del laberinto, empecé a saltar las paredes, porque probablemente no podía soportar quedar atrapado en un lugar del que sabía que existía una salida.

Aprender una tecnología específica es un truco engañoso, pero no si imaginamos el laberinto visto desde arriba. Las limitaciones que le encontramos a una tecnología desarrollada para cumplir una función específica nunca deben presentarse como un obstáculo insuperable para concretar una idea. En el campo de la música, como en otras artes, el dominio digital y el desarrollo de hardware y software específico ha sido un gran igualador en término de oportunidades aunque no en términos de resultados, y ese es precisamente el indicador de que las herramientas que tenemos a nuestro alcance sólo configuran límites cuando los límites están en la idea original.

Pero vayamos un poco más lejos. La tecnología, como dijimos, es una única cosa; es todas las herramientas juntas y la inteligencia del hombre al usarlas debe ser una prolongación de la inteligencia del hombre al crearlas, capaz de ver todos los usos posibles para los cuales las herramientas no fueron diseñadas. Podemos ver el laberinto dibujado desde arriba y empezar por la salida, que es nuestra idea realizada.

El truco consiste en pensar en el resultado que queremos alcanzar, y desandar el camino hacia atrás sin tener en cuenta las posibles limitaciones técnicas. Siempre es posible encontrar un salto, una forma de utilizar la tecnología para lograr el resultado que queremos, aunque la herramienta que tengamos a nuestro alcance no haya estado diseñada para eso.

Cuando una idea es clara, no importan las herramientas que usemos ni cómo las usemos. De hecho los mejores resultados obtenidos del uso de la tecnología han sido producto de la experimentación y la extensión de los fines de las herramientas.

Los mejores resultados suelen ser aquellos que primero ven la salida y luego desandan el camino del laberinto. El método asegura que el producto artístico va a ser lo más cercano posible a la idea que el artista tenía de él antes de empezar, a la vez que nos hace  ignorar los límites de la tecnología, que son las paredes de nuestro laberinto, y a empezar a trabajar desde la visión de la obra terminada (el laberinto visto desde arriba).

En niveles estrictamente técnicos todo puede ser válido y es tan importante desaprender como aprender. Si la salida del laberinto es la idea original del artista terminada, entonces quien salta las paredes es quien ve más allá, quien explora las formas de sortear los límites impuestos por las herramientas,  quien no se conforma con un resultado parecido a la idea original ni con los modos convencionales de producción.

Para atravesar el laberinto de la tecnología no es tan importante el conocimiento específico de las herramientas como la convicción de que al final existe una salida y ahí nos está esperando nuestra idea, ya realizada.