Interpol | Marauder (2018)

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Tomémonos un minuto para hablar de la caída de Interpol.

Nunca ha sido una caída estrepitosa, pero sí ha sido certera y mortal. Una muerte lenta y dolorosa, que dé mucho que hablar. Para los que están totalmente perdidos se los resumo así: Interpol debutó en el 2002 con el majestuoso Turn On the Bright Lights, un maravilloso manual de bolsillo sobre cómo construir indie rock en base a cuatro instrumentos interactuando en forma de grupo. Es uno de esos discos para perderse en el sonido, para deambular entre sus densas atmósferas y matices, todo al mismo tiempo que el grupo se las arregla para ROCKEAR. Impaciente pero sereno, Turn On the Bright Lights brilla desde la solemnidad de “NYC” hasta la esquizofrenia de “The New” o la imponente belleza de las guitarras en el outro de “PDA”. Suena tal cual su portada sugiere: un imponente muro de rojo neón en la oscuridad de la noche neoyorkina.

Gracias a dicho disco es que se desarrolló a lo largo de los dos mil un movimiento bastante prominente en la escena del indie rock, conocido como post-punk revival. Esa denominación se debe a la importante influencia de las bandas de post-punk originales de finales de los 70s y principios de los 80s (Joy Division, The Chameleons, The Sound) en el sonido del nuevo estilo: oscuro, generalmente basado en riffs simples, con gran presencia de sintetizadores y vocalistas barítonos. No fue un movimiento muy fructífero. Hubo unos cuantos buenos discos por aquí y por allá, pero no salió a la luz ningún trabajo que asombrara con el mismo incomparable brillo que la música prometida por Interpol. Turn On the Bright Lights reina solitario entre los frutos de la escena que él mismo creó.

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Interpol -Turn on the Bright Lights

Antics (2004) ya representó una caída bastante notoria en cuanto a calidad. La banda parecía encender el piloto automático muy a menudo, y sólo había una canción en todo el álbum (el sencillo “Evil”) que alcanzaba a compararse con los puntos auge de Turn On the Bright Lights. La voz de Paul Banks comenzaba a deteriorarse, y el grupo en general parecía un poco menos activo, menos espontáneo. Después siguieron Our Love to Admire (2007) e Interpol (2010), ambos álbumes decentes con algunas canciones que vale la pena oír (“The Heinrich Maneuver”, “Lights”) pero cada uno levemente menos interesante que el anterior. La banda estaba reciclando su propio sonido, y pronto el bajista Carlos D. abandonó a sus 3 compañeros obligando a Banks a encargarse de las labores del bajo. Esta modificación forzada probablemente es responsable de que El pintor (2014) representara una mejora respecto a los anteriores álbumes. Esta mejora no era muy significativa, y de todas maneras la escena post-punk ya estaba mutando a estas alturas hacia un estilo muy diferente al que Interpol definió más de una década atrás. Grupos como Iceage, Preoccupations o Protomartyr estaban popularizando un sonido mucho más crudo y experimental que el que era común durante los dosmiles.

Curiosamente, el sonido de Interpol ha variado poco a lo largo de los años. Más o menos lo que pasó es que la banda se quedó sin ideas (y Paul Banks olvidó cómo cantar, eso también). El grupo se toma cada vez más años entre disco y disco (comportamiento el cual yo suelo asociar con la pérdida de motivación) y confirma constantemente que no pretenden jamás tomar riesgos creativos. El viernes pasado se publicó Marauder, su sexto álbum de estudio. Me dirijo al reproductor de Spotify y doy play al nuevo lanzamiento. Lo primero que oigo son unos segundos de guitarras distorsionadas y una base rítmica propulsiva, nada que suene mal pero tampoco nada llamativo. Y en seguida entra Paul Banks a cantar y… ¡AY! ¡POR FAVOR, QUÉ ESPANTOSO QUE SUENA! El tipo se las ha arreglado para sonar bastante mal a lo largo de los años, pero nunca lo había escuchado apestar de esta manera por una canción entera (la cual es inerte, sea de paso).

Ok. Ya he escuchado Marauder completo. No es un buen disco. Vamos primero con las partes que me acuerdo y me gustaron: el clímax final de “Flight of Fancy” con su riff de guitarra suficientemente activo y algunos detalles de sintetizador que funcionan, el sencillo principal “The Rover” que cuenta con algo que por lo menos se asemeja a un gancho y además tiene percusión bastante propulsiva estilo punk que ayuda a la canción a mantenerse activa, el energético clímax de “Mountain Child” es suficientemente memorable, la delicada introducción de guitarra de “Number 10” antes de que la canción se vaya completamente por el caño por ninguna razón en absoluto, y la segunda mitad del tema de cierre “Probably Matters” es notablemente contrapuntística, además de hacer uso de unos cuantos sonidos extraños de fondo que constituyen una pequeña muestra de refrescante eclecticismo.

Esos buenos momentos se sienten efímeros entre los tres cuartos de hora de música en el álbum. Como regla general, el Interpol de Marauder es un Interpol más aburrido que el de cualquiera de sus álbumes pasados. Casi que parece una banda de imitadores poco emocionados a esta altura. La escucha es pesada, y los primeros 15 minutos pasan sin causar escándalo hasta que llega el ya mencionado clímax de “Flight of Fancy”. Hacia la mitad del tracklist hay un instrumental cortito llamado “Interlude 1” (¡Uh, que gracioso! ¡Hacen referencia a sus canciones pasadas! ¡Hilarante!) el cual es totalmente innecesario. Después suenan cuatro canciones mínimamente decentes antes de la llegada de “Party’s Over”, la cual es un desastre épico: la yuxtaposición del falsete de Banks, el ruido incomprensible de la guitarra principal y los desesperados golpes de redoblante de la percusión resultan en una canción apenas escuchable (bueno, si es que se le puede llamar “canción”, porque realmente apenas se le encuentra estructura a esa masa de sonido caótico).

¿Tiene Interpol aún posibilidades de volver a grabar material de calidad? Supongo que todo es posible, pero lo dudo bastante. Los músicos ya están cansados. No solo Banks, que ahora hace el ridículo constantemente, sino también la guitarra de Daniel Kessler, tan activa y notable en los discos pasados ahora se encuentra 90% del tiempo haciendo ruido de relleno sin intención alguna de capturar la atención del oyente (particularmente notable en “Stay in Touch” o “Party’s Over”). Aún si la percusión de Sam Fogarino intentara destacarse no podría lograr mucho porque las canciones en sí mismas son estériles (noten como a “Complications” le toma cuatro minutos llegar a ningún lado, y como es básicamente imposible recordar cómo suena una vez que termina). Esta banda vivía del contrapunto instrumental, el cual ya no existe.

La semana pasada reseñé Be the Cowboy, y había enfáticamente notado que, aunque no era un disco bueno, sí valía la pena darle una oída porque era una escucha instructiva. Lamentablemente no puedo decir lo mismo ahora de Marauder, el cual es simplemente una copia de una copia de una copia. ¿Qué hay para aprender de esta música? A lo mejor se puede aprender algo acerca del trabajo vocal (que cantar mal se nota) o algo acerca de cómo NO incorporar interludios en un álbum. Pero aún así estas lecciones son trivialidades que todo el mundo intuitivamente sabe. Es inútil. Ni como carbón para el asado sirve. “It’s different now that I’m poor and aging / I’ll never see this face again / You go stabbing yourself in the neck”. Aquí es que todo termina.

Nota final:

4.5/10