Autechre | Confield (2001)

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Para muchos, Autechre son significado de complejidad en la música electrónica. Lo extenso de su catálogo y los mutaciones en su sonido le han dado una reputación de proyecto abrasivo y mecánico. No es ajeno que sean considerados también unos referentes dentro del IDM, aquel subgénero de los 90s que terminó siendo una simple etiqueta para categorizar los lanzamientos más braindance de Warp Records como los de Aphex Twin y Boards of Canada. Autechre, a diferencia de sus contemporáneos de Warp, son grandes exploradores sonoros dentro de lo abstracto y eso se ejemplifica en los ritmos poco ortodoxos de sus canciones.

El final de siglo significó un paso adelante para el dúo inglés, quienes lanzaron EP7 y las dos Peel Sessions, una en 1999 y otra en el 2000. Estos EPs significaron un punto de transición hacia las dimensiones del post-techno. Bajo esas circunstancias apareció Confield en el 2001. Este es uno de los discos más importantes y divisivos de æ, consolidó el paulatino quiebre de los sonidos convencionales dentro de lo bailable de LP5 (1998) y entró de lleno al curso de explotar maneras algorítmicas para hacer música. Un blueprint que sellaron Rob Brown y Sean Booth en los lanzamientos posteriores.

Para escuchar Confield se requiere de una disposición diferente, no escucharás un disco en que las percusiones cumplen su rol rítmico predeterminado, sino  tracks en que cada sección (véase rítmica, armónica o melódica) no tienen una función determinada y romperán con los esquemas más convencionales de la música de club como se podría pensar; no habrán 4/4 ni 120 BPM como para dar un ejemplo. Básicamente oirás un disco de glitch, uno en que el que los paisajes más claustrofóbicos de Autechre llegarán a hacer sentir algo más allá de la estupefacción. Existe todo un logro estético dentro de esta ensalada de texturas (en el buen sentido) que es este LP, es casi imposible no sentir fascinación si disfrutas de los momentos más ruidosos de Oval o Aoki Takamasa.

Lo delicado de “VI Scose Poise” es como un preparativo para lo que se vendrá más adelante, un atmosférico y progresivo tema en que el sonido metálico de la percusión que se derrite progresivamente mientras un húmedo sintetizador crea todo el apartado ambiental. Asimismo, es el primer número más calmoso y quizá el más recordado de Autechre. La constante experimentación que este disco posee lo vuelve muy estimulante. “Sim Gishel” es de las pistas que más sonidos granulares y apartados estirados posee. Todo el tema en general es una constante mezcla de ambientes dilatados que se agrandan independiente de un amorfo beat lleno de agudos, es uno de esos momentos en que parece que jamás terminará. “Pen Expers” y “Eidetic Casein” son los temas que más rápido quedarán en la memoria del oyente y que probablemente son una carta de presentación para aquella persona que solamente oyó el clásico Tri Repetae (1995). “Pen Expers” es a simple escucha una potente caja que pierde la estabilidad en cada momento y que sólo tiene espacio para marcar un indescifrable compás el cual brilla por sí sola sin pensar en que una melodía glitcheada está marcando los tiempos de la canción.  Es uno de esos momentos en que existe emoción con algo tan distante y frío como la música que hace el dúo de Manchester desde los DAWs de sus computadores. “Eidetic Casein” es una pista muchísima más ordenada pero disonante, quizá es el momento menos arriesgado dentro del disco y que tampoco significa como un punto bajo, porque las largas alteraciones de los sintes están bien realizados y lo hacen sonar enigmático. A lo largo del tracklist hay momentos contemplativos o atmosféricos en que los ambientes están definidos con un aire de tensión tecnológica y altos niveles de hipnotismo. No existe momento que sea predecible. Todo cierra con “Lentic Catachresis”, el momento en que este viaje por las dimensiones más abstractas de lo digital tiene su último aire y deja un gran “fuck it” en lo que resta de la hora y dos minutos que dura el disco. Es el acercamiento sonoro de una máquina industrial corriendo a una velocidad inalcanzable, o de un procesador logrando a su máximo potencial hasta descomponerse por sobrecalentamiento. Se siente casi literal, jamás había oído un kick tan brutalmente pulsado que llegara a sonar tan caótico sin parecer que alguien estuviera bromeando con este en un pad. Es la hipérbole del techno que vive su ciclo hasta llegar al silencio. La máquina ha muerto.  

Este disco es como un artefacto mecánico que evoluciona a medio motor o a toda potencia, de eso se ha tratado la música de Autechre a lo largo de las casi tres décadas que llevan creando contenido para el oyente más temerario. Son la versión contemporánea de los artistas futuristas de los años 20 que hacían ruidos deleznables para la población despavorida de aquella era. Ellos eran unos incomprendidos. Por otro lado, tenemos a estos dos hombres que han cruzado los límites de los esquemas de la electrónica y que tienen el privilegio de haber vivido la época en que esta misma música se potenciaba exponencialmente. De las tornamesas y los secuenciadores en el club pasaron hacia los computadores en la comodidad de su estudio casero, y desde un simple DAW como Max crearon una de los logros más importantes para la vanguardia electrónica. Un disco que 17 años después sigue sonando igual de futurista y que probablemente seguirá sonando así por unas décadas más, a menos que nuestros hijos logren finalmente explorar territorios inimaginables para nosotros en este momento. Todo eso se lo dejo al progreso.

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