Tim Hecker | Konoyo (2018)

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La mayor parte de las reseñas que he leído de este álbum se resumen en variaciones de “Bueno… Konoyo toma mucha inspiración de la música japonesa… y Hecker la introduce a un contexto de electrónica experimental… y eso se supone que sea bueno y digno de respeto o algo así”. Es muy gracioso de leer. Aunque también horrorífico. Se nota bien claro cuando alguien escribe nada más que para recibir unas monedas.

Sin embargo, al mismo tiempo siento algo de empatía por la situación de esta gente, porque realmente: ¿qué hay para decir de Konoyo? Supongo que aquellos con suficiente conocimiento de música clásica japonesa podrán analizar estas piezas en gran detalle y extraer algunas de observaciones muy instructivas de esta escucha. El crítico occidental típico se ve obligado a pensarlo como otro álbum de drone o música ambiental, de manera que todas las conclusiones que se acaban llevando al papel son… un poco aburridas. De todas manera, no exageremos: el gagaku japonés aquí no es tan “esencial” como uno podría pensar. Se encuentra ahí, pero no define al disco. Es meramente otro recurso para evitar el estancamiento de las ideas y asegurar que todo suene fresco, como si nada similar hubiera sido hecho antes.

El tipo del que estoy escribiendo hoy es Tim Hecker. Aquellos con el más mínimo conocimiento de música ambiental o incluso electrónica contemporánea saben bien quien es. Hecker es el único artista de su escena que no puede ser confundido con nadie más. Sus piezas siempre tienen esa aura distorsionada, refractaria y densa que las hace tan reconocibles. Su música a veces es tan absurdamente ruidosa que sorprende que la gente la siga considerando “ambiental” (aunque sería bueno cuestionar por qué es que consideramos que los sonidos del “ambiente” deben ser necesariamente serenos: como si los estridentes ruidos del tráfico y los gritos típicos de la ciudad no fueran los usuales sonidos del ambiente en el que la mayor parte de nosotros vivimos hoy en día). Y aún con su personalidad única, Hecker es uno de los muy escasos artistas experimentales que desarrolla un sonido o concepto diferente para cada nuevo proyecto. Él entiende el concepto de progresión artística y nunca ha hecho el mismo álbum dos veces. En su época de auge, ha lanzado el confuso y surreal Harmony in Ultraviolet (2006); el glacial An Imaginary Country (2009); el meditativo y cálido Ravedeath, 1972 (2011); el escalofriante Virgins (2013), y el eléctrico, color neón Love Streams (2016). Cada disco tiene su estética bien definida. Las portadas dan la pauta.

Lo cual nos lleva finalmente a Konoyo. ¿Qué clase de estética identifica a estas canciones? Bueno, antes de siquiera empezar a escuchar ya hay algo que salta a la vista: tracks laaaaargos. Hecker suele componer piezas relativamente cortas y, si son demasiado largas, las divide en secciones numerándolas. Al parecer ahora ha desarrollado cierto desdén por dicha práctica. La razón de esto es que no se le pone tanto hincapié a la estructura de las composiciones: ahora en Konoyo estas divagan de maneras casi erráticas, desorganizadas, impredecibles. Otra vez acaba siendo la portada del disco el que da la pauta. Este es posiblemente el trabajo más caótico de Hecker, aquel que se rehúsa a agotar sus recursos intentando lograr una sola cosa en particular. Mucho abarca, aunque eso significa que poco aprieta, como es natural.

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Tim Hecker – Ravedeath, 1972 (2011)

Personalmente, diría que Konoyo es el trabajo más flojo de Hecker desde Ravedeath, 1972. Lo cual no quiere decir que esté mal, por supuesto. Solo quiere decir que hay algunas tuercas que pueden necesitar ajuste. Unos cuantos clímax de estas piezas no parecen sostenerse por el tiempo suficiente y casi todos los tracks arrancan con mucho preámbulo cuando podrían saltar rápidamente al espectáculo principal. Los quince minutos de “Across to Anoyo” no devuelven en maravillas toda la atención que exigen, y lamentablemente tampoco los diez de “In Mother Earth Phase”. De hecho estas dos piezas pueden sonar por momentos a la clase de divagues que un músico de segunda crearía.

Hecker es y siempre ha sido un genio gracias a su capacidad de crear música con cierta cualidad cinemática. Sus sonidos convienen imágenes. Estas imágenes no son simplemente paisajes o estados mentales, las cuales muchos artistas similares bien saben convenir, sino cosas mucho más precisas: situaciones, acciones, personajes, eventos de especificidad alucinante. Casi como si estuviera intentado relatar una historia surrealista y ocasionalmente incomprensible. Muy a la onda David Lynch. En Konoyo este estilo se ve muy diluido, aunque aún así consigo apreciar unas cuantas imágenes: transitados callejones de ciudad japonesa; drones volando por entre los edificios, como espías que vigilan cada paso; pintorescas visiones fugaces de una cultura alienígena que se mantienen incomprensibles debido al poco tiempo que se da para asimilarlas, y todos los peligros que comienzan a acechar en la urbe a medida que oscurece.

Entre las piezas más valiosas, vale notar “This Life” (inicia con desesperanzados gritos que parecen provenir del abismo, avanza a pintar procesiones religiosas, finaliza en drones con musculatura), “Keyed Out” (probablemente la cosa más cruda del disco, reminiscente del inmóvil glitch de Haunt Me, Haunt Me Do It Again) y “A Sodium Codec Haze” (sonidos acústicos o símil-acústicos que son usados como una colorida manta sonora; Hecker utiliza los elementos del gagaku para su mayor fuerte). Ninguno de estos trabajos la complica demasiado, aunque exigen poner esfuerzo en prestar atención: no son en nada parecidos a las imponentes paredes de sonido de Harmony in Ultraviolet que forzaban al oyente decir ‘¡opa!’ sin dejarle oportunidad de distraerse con otra cosa. Y vale la pena también notar que estas no son “composiciones” en el sentido más estricto de la palabra. Largas secciones de estos temas podrían bien haber sido improvisaciones. Supongo que esta es la definición última de la estética de Konoyo que andaba buscando: es el primer álbum de Hecker en el que no hay fríos cálculos, sino pura espontaneidad. Se siente como una hora de improvisación. ¡Es eso! Por supuesto que es eso.

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Jlin – Autobiography (2018)

Sean cuales sean las intenciones de Hecker con Konoyo, no es un cambio importante y no marca un antes ni un después. Es simplemente otro trabajo más del genio del ambient. Y está bien. Se escucha. Pero si buscan música electrónica experimental más atmosférica y pulida que esta sepan que Jlin publicó el mismo día que Hecker un nuevo álbum llamado Autobiography y está tremendo. Es la danza contemporánea en su forma más salvaje y esquizofrénica. Vayan a escucharlo.

 

Nota final:

7/10