Sharon Van Etten | Remind Me Tomorrow (2019)

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Es verano y he tenido suficiente tiempo libre como para escuchar otra vez los últimos dos discos de Sharon Van Etten y mi opinión de ellos sigue siendo positiva (Are We There es uno de los treinta mejores álbumes de 2014), aunque sí me siento cada vez más insatisfecho con lo que son: veo mucha cosa competente, sumamente profesional y muy placentera de oír, pero casi cero segundos de genialidad. Yo daría veinte minutos de competencia por tan solo un minuto de genio propiamente dicho, pero, para mi desgracia, eso es algo que Sharon no tiene para ofrecer. Mucha cosa bonita, seguro, pero esta música es exactamente la clase de arte que, me imagino, nadie va a recordar dentro de unos cuantos años. Va a ser olvidada sin haber significado nada para el mundo en general (aunque a decir verdad pude recordar de memoria la melodía de “Every Time the Sun Comes Up” siquiera antes de volver a escucharla a pesar de todos los años que han pasado, y creo que eso es una buena señal). Si Sharon vino para quedarse lo tendrá que asegurar en algún trabajo más nuevo. Sin peros.

Remind Me Tomorrow llega pasados casi cinco años desde el lanzamiento de su último álbum —una espera quizá excesivamente larga— y para peor los dos primeros sencillos publicados me dejaron bastante tibio ya de entrada. No están “mal”. Simplemente no son lo que esperaba ni consiguieron colmar mis expectativas, aún en cosas relativamente básicas. “Comeback Kid”, lanzada el octubre pasado, explora un sonido bastante interesante y nuevo para Sharon pero lo hace sin sofisticación, y no es una canción sumamente memorable o icónica. Suena a otra de las inofensivas canciones que Mitski (la cara del indie actual, uno podría decir) ha estado publicando últimamente y da la impresión de haber sido una canción creada en cinco horas, no cinco años. “Jupiter 4”, que nos llegó sólo dos meses después, no consiguió mejorar el panorama: es una inactiva pieza de rock lento y atmosférico, pero ni siquiera es suficiente raro como para llamar la atención. La interpretación es perfectamente competente, pero todo acerca de la canción emite un aire de aburrimiento tremendo.

Las buenas noticias para mí llegaron hace pocas semanas con el tercer sencillo, “Seventeen”. Desearía que este tema se hubiera ido incluso más al carajo en términos de locura electrónica, pero aún así la canción es excelente: un agitado recuerdo rebotando como un eco en la cabeza de una pobre poeta neoyorkina que parece haber notado que las cosas ya no son como eran antes. Es uno de esos temas estilo “All My Friends” o “Rebellion (Lies)” (de los mayores clásicos indie de todos los tiempos), donde se sostiene un pulso de acorde mayor constantemente a lo largo de toda la canción, la cual es casi que un único crescendo, evitando interrupciones que molesten el efecto de catarsis causado por la acumulación cautelosa de sonidos. Dichos sonidos son notables (errática percusión programada, armoniosa distorsión simulando ser guitarras al estilo Wilco en la era Yankee Hotel Foxtrot, sintetizadores musculares cubriendo el rango de las frecuencias bajas, etc) y la poesía resalta gracias a unos cuantos mantras anhelantes pero escondidamente enfurecidos (‘Downtown hotspot halfway through this life’, ‘Follow my shadow round your corner’, ‘Afraid that you’ll be just like me’), aunque bien el efecto de estos pueda ser más influenciado por la desgastada manera en que Sharon canta las líneas que la escritura en sí misma.

El entusiasmo no me duró mucho porque después descubrí que el resto del disco era más parecido a los dos primeros sencillos que a “Seventeen” en lo que respecta a calidad. Excepto quizás por “You Shadow”, las canciones son mucho más lánguidas y faltas de entusiasmo de lo que esperaba. El sentimiento de nostalgia es bonito, pero suele resultar en música sin huevos o ganas de salir adelante. Creativamente, Sharon no rompe barreras excepto por algunas personales (aprendió a incorporar elementos electrónicos a su paleta de sonidos sin sacrificar la integridad de las canciones como canciones, pero esto no es nada que Sufjan Stevens no haya ya dominado hace una década) y la composición es notablemente menos melódica que en Are We There. Las letras de Sharon, como siempre, van plagadas de clichés poco pretenciosos (y por tal no molestos) que nada más sirven como relleno para que ella pueda entregarnos unas cuantas buenas interpretaciones vocales. Pero Remind Me Tomorrow es bastante más honesto respecto a sus ambiciones que los discos de cualquier cantautor payaso, tan típicos hoy en día, que viven de engañar a la gente con su música pseudo-profunda. Sharon no exagera el mensaje a expresar y, sea este mensaje importante o no, ella hace un buen trabajo cantándolo como si sí fuera de gran importancia. Ella no tiene miedo alguno de proyectar su voz, dejar que las imperfecciones se noten sin vergüenza alguna al empujar las ásperas tonalidades de su canto a lugares insospechados. Y así hace que a uno le intrigue el contenido de las canciones. ¿Por qué la palabra “died” va subiendo de volumen al comienzo de “I Told You Everything”? ¿Por qué su voz de cabeza se difumina como humo en el estribillo de “Memorial Day”, casi que fantasmagóricamente? ¿Por qué el salto tan brusco a su registro más potente en el último verso de “Seventeen”? ¿Por qué canta los últimos dos versos de “Hands” con tanto enojo (desde la palabra ‘tell’ hasta ‘dear’)? Todas son buenas preguntas.

La voz de Sharon, para los que aún no la han escuchado, es muy especial: es como un ángel y un demonio coexistiendo en el mismo cuerpo, hablando simultáneamente de manera que cada línea pueda parecer venir del primero o del segundo, todo dependiendo de cómo se escuche (piensen en PJ Harvey, que no es una comparación perfecta pero aproxima bastante bien). Personalmente encuentro un poco aburrido que en Remind Me Tomorrow Sharon suela apagar mucho su voz, bajando mucho el volumen y hasta a veces susurrando, pero hablando objetivamente no es una cosa que esté mal. Y además hace todas esas cosas interesantes como las que mencioné en el último párrafo. Es una lástima que, según parece, ella tiene que hacer estas cosas conscientemente: no las tiene automatizadas. Eso no afecta la calidad de la música de por sí, pero quiere decir que, en cuanto se distrae, deja de hacerlas, volviendo a ser así otra cantante del montón. Si tan solo las palabras pudieran sostenerse por sí solas… pero en general son nada interesantes (no puedo nombrar una sola línea del álbum que la lea en papel y me haga exclamar “¡Uh! ¡Esto es genial!”).

Ignorando a Sharon misma, siguen habiendo cosas gustosas para ameritar alguna escucha del disco: el minúsculo arreglo reverberado de cuerdas haciendo pizzicato en la segunda mitad de “I Told You Everything”; los arpegios puntillistas en el estribillo de “No One’s Easy to Love”; el llamativo sonido de sintetizador en “Comeback Kid”, que me recuerda profundamente a “I’m Always in Love” de Wilco; los espeluznantes sintetizadores de “Jupiter 4” (que no se acumulan lo suficiente como para elevar la canción por encima del resto); los staccatos de bajo sumamente distorsionados en “You Shadow”, muy en la onda de St. Vincent; los gentiles detalles de guitarra e idiófonos (¿es eso una caja musical?) en los últimos ∼80 segundos del disco, entre otras cosas. Al igual que con su voz, Sharon tuvo que pensar cada una de estas cosas conscientemente y añadirlas a la mezcla. No son automáticas. Ahí es donde me vuelve a chocar otra vez el hecho de que Sharon no tiene genialidad propiamente dicha para ofrecer. Un genio, en general, es alguien que precisamente puede hacer este tipo de cosas de manera tan sutil que parezca que las hizo accidentalmente. En el caso de Remind Me Tomorrow, encuentro todas estas cosas muy llamativas, muy empujadas al frente de la mezcla, muy “escuchame que te estoy hablando, m’ijito”.

No es de sorprenderse que las hordas de críticos allá afuera ya estén alabando Remind Me Tomorrow, ya que es un disco competente y “serio”. Es una jugada segura y tranquila para aquellos que escriben; no deja nada que temer a corto plazo. Pero no me dejaría engañar: si buscaba aquel álbum de Sharon que ayudaría a “perpetuarla” y asegurar su lugar en la memoria musical de la década, lo cierto es que no encontré nada. La mayor parte de estos temas pasan sin sacudir las hojas o siquiera invitar al oyente a que las sacuda un poco. Son gemidos melancólicos que no saben mucho que hacer consigo mismos y, aunque tienen su toque y son adorables, su tiempo ya ha pasado hace años. Guarden “Seventeen” en la playlist del año y prepárense, que la cosa buena aún puede estar por venir.

Nota final:

6.5/10