El loop que te pone de rodillas | A Red Score in Tile (2014)

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La repetición es algo que está enganchado a nosotros, forma parte de nuestra humanidad; pero como cada quien manifiesta su voluntad, la repetición se expresa de cualquier manera. Los conforts o rutinas a las que recurrimos por nuestro bienestar son algunas de las maneras más comunes: a todos nos gusta llegar a dormir luego de un largo día de escuela o trabajo, o almorzar nuestro plato favorito todos los fines de semana para premiar que llegamos a donde estamos.

Sin embargo, en la música, la repetición es un arma de doble filo. La audiencia podrá consumir ritmos repetitivos en la radio o en la lista Top 40 que hace Spotify cuando van a sus destinos, pero, a la hora de sentarse, la gente espera algo que les vuele su cabeza: desde la agresividad del metal hasta las diferentes formas en las que se puede transformar una canción en el rock progresivo. A pesar de esto, la repetición fue parte crucial de la formación de otros géneros, como el house, el hip-hop y el ambient.

 

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William Basinski – The Disintegration Loops (2001)

William Basinski es un compositor estadounidense radicado ahora en Los Ángeles. Es conocido por sus obras creadas a partir de cintas que contienen loops de música que modifica y luego une entre sí para crear diferentes piezas. Gracias a esta técnica, ha realizado sus obras más conocidas: la serie de The Disintegration Loops con cintas deterioradas (cuya realización coincidió con los ataques del 11 de Septiembre del 2001) y Melancholia. Con estas dos obras pudo labrarse un nombre en la comunidad del ambient.

Ahí es cuando entra A Red Score in Tile, una de sus obras no tan conocidas, pero la mejor según su servidor. Este disco aún dentro de los estándares de la música de Basinski e incluso el ambient en general es considerado bastante repetitivo, pues consiste únicamente de un loop que se repite por aproximadamente 45 minutos. Fue grabado originalmente en 1979 para acompañar a la pintura homónima del pintor, colaborador frecuente y pareja de Basinski, James Elaine. La obra que se puede ver en la portada del álbum consiste en un perro disecado, cubierto por una capa gruesa de pintura acrílica roja. La descripción de la obra, referida por el propio Basinski como “chocante” en un correo que me respondió, contrasta con el simple bucle melancólico.

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Basinski y Elaine compartiendo una caminata en la playa.

La pieza fue originalmente lanzada al público en el 2003, en una edición únicamente en vinilo en el sello Three Poplars. Luego en el 2014 fue reeditada en CD por el sello propio de Basinski, 2062, para que más tarde entre los años 2017 y 2018 fuera puesta en los distintos servicios digitales de música.

El loop consiste en una única melodía, aparentemente realizada en un Fender Rhodes y con una fidelidad baja que complementa la estética agobiada del álbum. La extensión de las notas flota libremente en la densa atmósfera proporcionada por la calidad de las cintas de aquel entonces, que puede transmitirse aun desde un archivo digital. Al escucharla, te das cuenta de que la pieza se estanca en su propia ansiedad y se convierte en ruido de fondo para tus pensamientos.

Te coloca en un sitio en donde dos emociones completamente diferentes reinan en conjunto, la paz y la desesperación. La melodía que se siente abatida, presentada en ese dulce piano electrónico dentro de un espacio tan apretado pero a la vez tan extenso causa confusión. Es como estár en algún sitio grande y vacío —como una mansión o una iglesia— pero te presenta la misma sensación de encierro que cuatro paredes sin ventanas. Es una vibra de tranquilidad abrazada con el miedo y la incertidumbre, tocando todo tipo de emociones conocidas y desconocidas por el oyente.

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Basinski de joven trabajando en sus composiciones. Nótese los carriles para cinta que utiliza.

Para mí y para los varios que disfrutamos o tenemos una conexión especial con este proyecto, este loop se distingue por la naturaleza triste y afligida pero no agresiva, a diferencia de otros proyectos de Basinski. Para tratar de explicarlo de una forma, es lo que sonaría en el duelo, después de la tragedia, cuando dudas de tu destino y tratas de bajar las expectativas de tus relaciones o de la vida. La sala de espera de lo peor que viene, la pantalla de carga del siguiente capítulo, el himno de la culpa pero puente a la redención, ponerte de rodillas y preguntarte qué estás haciendo mal. Estas son las distintas formas que ha tomado la pieza en mi vida y ha estado ahí cuando he tenido que seguir adelante.

La capacidad de describir perfectamente un momento sin recurrir a nada más que un simple bucle es parte del impacto. Es un disco que te habla y te entiende mientras solo repite lo mismo. Lo que te puede llegar a decir es a interpretación propia, pero es algo a lo que te aferras en el momento. Me acompañó en situaciones personales difíciles y gracias a ello pude controlar el daño que recibía, pero al mismo tiempo me dio una chance de recuperarme y de seguir hacia la redención, dependiendo del caso.

Hay factores que me impiden recomendar este disco: desde el desagrado general a la repetición por parte del público hasta el pavor de que este disco deje de convertirse en una parte de mí gracias al rechazo que puede recibir por lo anterior, pero para mí esto será una obra maestra incomprendida que me ha tomado de la mano desde que la escuché por primera vez y formará parte de lo que define mi gusto musical y existencia en general.

Esta reseña fue una colaboración de Alberto León. Si quieres publicar tu reseña en Postmusica, comunícate con nosotros por nuestro mail: holapostmusica@gmail.com.